Su mensaje para Madrid
Dato curioso
A los 18, en un concierto de Kesha en Atlanta, Kesha la subió al escenario y la ató a una silla con film transparente. Años después, la que estaba en el escenario era ella: abriendo para Slayyyter.
Quién es
Creció en Birmingham, Alabama, en lo que ella ha descrito como un desierto gay, y se mudó a Nueva York en 2015. En 2019 dejó de beber y empezó su transición, y en 2021 empezó a escribir canciones. Su primer concierto fue en el Lower East Side: 150 personas, entradas agotadas, y vomitó antes de salir.
En 2021 ya estaba en la escena de Brooklyn: Bushwig, una escucha en C'mon Everybody, noches con su hermana mayor, Charlene Incarnate, que llevaba años en la noche de Brooklyn. Ese año sacó «Tranic Attack», un EP nacido de sus ataques de pánico, con «Big Tits (Whoopsie)» y «About Fashion».
En 2023 llegó «She Culture.1»: siete canciones sobre la transición y la transfobia. Procesa mucho su voz, en parte por disforia vocal, y no lo llama hyperpop: lo que la guía es el punk. De sus conciertos, caóticos y sin ensayar, dice que son como ir a misa.
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Hizo nuestro test y le salió Comodín, y cuadra: una chica de Alabama que dejó de beber, empezó su transición, empezó a escribir canciones en 2021 y agotó entradas en su primer concierto. Nadie, ni ella, sabía qué venía después.
El Ancla no se mueve, y esa es la gracia: es una canción sobre mantenerse firme mientras alguien intenta sacarte de ahí a base de encanto.
La lectura
Hay una línea recta entre «She Culture.1», que le gritaba a todo lo que decide qué es ser mujer, y esta, que mira a una sola persona a los ojos.
El teaser lo dejaba claro: hell hath no fury.
Ponla cuando el grupo de WhatsApp se haya quedado callado de una forma sospechosa.
Para escuchar con: tu Catalizador, la amiga que te quita el móvil y le contesta por ti.
Por qué nos encanta
Si alguna vez la viste en Brooklyn, ya lo sabes: era imposible no quedarse enganchada, un poco fascinada, por el magnetismo de alguien que había convertido su transición en el tema de sus canciones y luego se lanzaba por la sala cantándolas, con la disforia, el metro y el supermercado dentro, encima de sintetizadores que suenan a punto de romperse.
Su música prefiere ser verdad a caer bien, y esta va para quien sigue jugando con ella, dulce cuando ya es tarde y de repente difuso a la luz del día, y la deja preguntándose qué es esto, si algo, nada o todo. Pues dilo.
Y luego está cómo suena. Se le nota el punk desde el primer segundo, y nadie más consigue que un grito electrónico resulte tan encantador; puede que al principio intimide un poco, pero acabas dejando que el electropop te lleve. La producción, muy lista, va frenética y aun así cosida por dentro con algo emocional que te deja de su lado, tenga razón o no, y con Crystal Castles en el ADN no hay forma de fallar.