Hace sol y corre la brisa, una de esas tardes de otoño que Madrid produce mejor que nadie. Bajo las copas doradas de las bonitas calles arboladas de Argüelles, hay un leve zumbido de capitalismo en el aire y una crisis de la vivienda desbocada. Entorna los ojos e inclina la cabeza lo suficiente, y no es tan distinto de Brooklyn, donde nació una de las series más aclamadas polémicas del siglo. Girls se estrenó en abril de 2012, cuando yo estaba en la universidad, y era lo que más esperaba de cada domingo: la guinda de un fin de semana de malas decisiones, la sensación de haber dado con el próximo gran fenómeno cultural, con tramas y chistes que el lunes ya repetían mis amigos, y que siguieron repitiendo durante años. Desde las calles gentrificadas de Greenpoint, Girls nos vendió la idea de lo que de verdad era ser millennial bajo las luces de la gran ciudad, donde lo único que importaba era en quién te ibas a convertir.
Esta semana HBO anunció que vuelve. Cinco episodios, rodaje en 2027, una década después del final. Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna, con Elijah de acompañante. Adam no está en la lista, y quien haya leído Famesick, las memorias que Dunham publicó esta primavera, especulará sobre el porqué, aunque el proyecto lleva cuestionándose desde el principio. Dunham dijo que solo volverían a la serie si había una historia que ardieran en deseos de contar, lo cual viene al pelo para una serie que se pasó seis temporadas tensando la cuerda con amistades que pedían a gritos romperse de una vez y bucles tóxicos que nunca llegaron a resolverse.
Así que, claro, teníamos que revisitar la serie entera y desmenuzar en qué falló y en qué acertó, como en una de esas espirales post-ruptura de las tres de la mañana. ¿Qué impacto tuvo en el zeitgeist el grupo de amigos sin precedentes que propuso Lena Dunham en pantalla, fuera intencionado o no? Girls era subversiva, sin duda, pero su mayor logro fue sacar a la luz premisas incómodas y personajes erráticos en un momento en que la televisión sobre todo quería que saliéramos guapos, y abrió la puerta a un nuevo apetito de autenticidad en lo que vemos y en cómo vivimos. Lo pagó por adelantado: el rechazo llegó antes que la recompensa y, aún hoy, incluso quienes más la adoraron miran atrás y se preguntan: «¿qué demonios fue eso?».
Algo en lo que podemos estar de acuerdo es que Girls recorre, posiblemente, los años más formativos de la vida: la universidad y los primeros que vienen después, cuando todo el mundo se esfuerza por ser alguien o, como les dice Hannah a sus padres, está «ocupada intentando convertirme en quien soy». Destacar, ser quien tiene el proyecto guay y el talento único, el je ne sais quoi, el corte de pelo, y, al mismo tiempo, nadie podía hacer nada de eso solo. Necesitábamos a nuestros amigos como espejo, un sitio donde sentirnos validados, donde nos echaran flores, donde incluso que te criticaran significaba que ocupabas el espacio suficiente para que se fijaran en ti, para tener una trama. Aunque antes muertos que admitirlo. En el piloto, los padres de Hannah le cortan el grifo, dos años después de acabar la carrera, y Hannah responde, colocada y sincera, que quizá sea la voz de su generación, o al menos una voz, de una generación. La gracia estaba en esa coletilla. Todo el mundo era protagonista, lo que significaba que en realidad nadie lo era.

Lee al grupo según sus tipos ARQUE y descubrirás por qué la disfunción estaba tan presente, y por qué era tan entretenido verla.
Hannah es El Filósofo, siempre buscando el sentido de la noche, y cuando no lo encuentra se lo inventa, lo cual es tanto un talento creativo como una muleta, una forma de no tener que estar nunca presente, ni rendir cuentas. Marnie, la no-tan-mejor amiga de Hannah, es El Arquitecto de manual: un plan para la noche y un plan para su vida, y seis años viendo cómo ambos se derrumban en público. Jessa es El Espectro en persona, con un aura enigmática que hace muy poco por merecer, y aun así nos atrae sin remedio: aparece y hace bomba de humo. Shoshanna es Catalizador puro, todo velocidad, la que se apunta a ir contigo donde sea, acabe siendo donde acabe; puede que se arrepienta por la mañana, pero puedes contar con ella para darle cuerda a todo el mundo hasta que pase algo. Elijah entra en escena como El Vigía, el que, incluso como alivio cómico, ve con más claridad que nadie a través de las poses y las apariencias, y la única persona lo bastante honesta para ser cruel a propósito. Y Adam, cómo no, es El Comodín. Nadie sabía qué pensaba de nada ni qué haría después, emocional o físicamente, aunque por suerte solía estar sin camiseta.
Entonces, ¿qué falta? Aquí no hay Ancla, nadie que se quede quieto para que los demás sepan dónde está su casa esta noche, nadie cuya estabilidad permita al resto hacer locuras sin quedarse tirado. Tampoco hay Hogar, nadie que note que alguien se ha quedado callado y le acerque una silla solo para conectar, nadie que sostenga la seguridad que una amistad necesita para recordar que todos están ahí, los unos para los otros, y que el todo debería ser más que la suma de sus partes. De una forma muy shakespeariana, estaba escrito desde el principio. Seis protagonistas son una fiesta con seis anfitriones y nadie en la puerta, y ya sabemos cómo acaba eso. Pero que no vieran esos huecos era la lección que Dunham intentaba darnos, o al menos una realidad que quería que viéramos: los momentos en los que hay que dar la cara los unos por los otros, y el reto, vulnerable y generoso, de salirse un poco de su papel para que se sostenga lo que más necesita el grupo.
Lo que Girls hizo con valentía fue normalizar el fracaso y los tropiezos, y convertirlos en algo formativo, fueran personales o sociales, aunque solían tirar a lo social. El grupo cargaba con el drama de uno de los personajes, en apariencia apoyando al principio y luego, por desgracia, arrastrado por las consecuencias, porque para eso están los amigos (supuestamente). Aunque, bien pensado, puede que tus amigos te aguanten porque necesitan a alguien que los aguante a ellos. Nadie lo dice del todo, y menos entonces, pero está en el fondo de cada brunch. Girls tuvo la osadía de poner sobre la mesa todas las cartas, también las más feas, con un humor tan socarrón y autocrítico que a veces caía en la autocompasión. Y nos reíamos, y luego llegábamos a casa y leíamos nuestros chats de grupo de otra manera. Se lo consentían todo. Se aprovechaban unos de otros dentro de un vínculo real e imposible de describir, demasiado orgullosos o asustados para llamarlo por su nombre. Y era de mutuo acuerdo, recíproco incluso, así que ¿cuenta como amistad? La serie lo dejó abierto, pero aun así íbamos con ellos cada domingo, por sus manías y por los momentos tiernos que salían de la nada y nos pillaban desprevenidos, porque nos recordaban que estas caricaturas podían ser personas reales.

Como la noche de la primera temporada en que Hannah, recién diagnosticada de VPH y recién enterada de que su ex es gay, pone «Dancing On My Own» de Robyn y Marnie se une, las dos en un dormitorio, bailando solas, juntas, que es posiblemente el retrato más fiel de la amistad codependiente en una década machacada y cargada de individualismo. Todo el mundo estaba construyéndose un yo de cara al público y llamándolo personalidad (o sea, influencer), y las amistades acabaron hechas a su imagen. Visto ahora, la escena es casi inquietante, y miramos su euforia con desencanto: aunque compartan una historia y un círculo social, al final cada una va a lo suyo.
En la última temporada, en la fiesta de compromiso de Shoshanna, Marnie, muy Arquitecto ella, monta una reunión en el baño para hablar del estado de la amistad, como si fuera el debate sobre el estado de la nación, algo inorgánico y transaccional. Para entonces ya es una función ejecutiva, más rutina que deseo, una máquina que siguen haciendo funcionar por costumbre. Y Shoshanna, muy en su papel de Catalizador, dice lo que había que decir: no pueden estar en la misma habitación sin que una de ellas lo convierta todo en algo sobre sí misma. La amistad termina ahí, sin pelea, y después Hannah y Jessa, las dos que más daño se hicieron, se piden perdón. Es una confesión, en realidad, y la serie tuvo el valor de dejar que fuera pequeña, porque era sencillamente demasiado poco y demasiado tarde. Esa palabra, la que habían necesitado todo el tiempo, no iba a bastar esta vez, porque lo que pasa con «perdón» es que, después de masticarla y escupirla suficientes veces, ya escurrida, destrozada y retorcida, se arruga hasta quedarse en una frase hecha, un chiste que suplica que lo tomen en serio. Y ahí es justo donde Girls brilló. No nos pedía exactamente que nos la tomáramos en serio. De hecho, nos pedía muy poco: solo que fuéramos testigos de la verdad de alguien.

Hannah nunca fue un gran disfraz. Era sabido que funcionaba como álter ego de Dunham, de sus propias metas e inseguridades. Las decisiones artísticas rara vez salen gratis, y esta salió cara. Una nueva ola de feminismo estaba tomando forma en internet, en Tumblr y Twitter, y a Dunham le pilló la tormenta del cambio entre distintos niveles de lo woke, demasiado para unos e insuficiente para otros, lo que la convierte o en una de las primeras feministas de su generación o en una de las últimas de una generación. Durante años, la polémica sonó más fuerte que la serie: un Brooklyn con un reparto protagonista todo blanco, su cuerpo en pantalla sin complejos y, en 2017, un comunicado defendiendo a un guionista de la serie acusado de agresión sexual, que retiró días después, disculpándose. En Famesick (2026) pone su fama y su enfermedad crónica una al lado de la otra, con un paso por rehabilitación y una relación larga en sus páginas, y las críticas se dividieron: elogios por el humor y la vulnerabilidad, y quejas de que el ajuste de cuentas se queda corto, de que su arrepentimiento por aquel comunicado es demasiado vago para calar. Las dos tienen algo de razón y, como el arte imita a la vida, eso es también lo que Girls nos pide que aceptemos de sus personajes.
Ahora, sin pretensión de sutileza, la misma generación sigue intentando desenredar las complejidades de la amistad femenina, esta vez en el centro del escenario. En 2024, Charli XCX sacó «Girl, so confusing», sobre una relación atascada en comparaciones y ego, y luego metió en la canción a la supuesta rival, la propia Lorde, para hablar cantando de sus inseguridades y de la industria que las enfrenta, admitiendo, aunque está claro que no es fácil, que se admiran a pesar de todo lo que les han inculcado para que no lo hagan. No soy mujer, y no voy a fingir que sé lo que pesa que te digan desde pequeña que tus amistades con otras mujeres deben ser dulces y/o irrompibles. Pero vi cuánto reaccionamos todos ante dos mujeres que simplemente intentaban arreglarlo en el remix. El tropo sigue ahí; lo que ha cambiado es que la misoginia latente de todo esto también ha pasado a primer plano, así que podemos mirar estas dinámicas complicadas por lo que de verdad son: trágicas, preciosas y el origen de un vínculo innegable.
Entonces, ¿cómo va a ser con cuarenta y tantos? ¿Han cambiado lo suficiente nuestras ideas sobre la amistad en una década como para que las crueldades corrosivas de intentar existir para uno mismo y para los demás a la vez se hayan vuelto digeribles, la letra pequeña de ser amigos? ¿Dejaría eso sitio para que prospere una idea poco convencional del grupo de amigos? ¿Se habrán enfrentado Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna a sus demonios? Necesito saber si llegaron a descubrir lo que significan las unas para las otras, y si pueden dejar de ser ellas mismas un rato para convertirse en algo más grande, algo más parecido al amor. ¿Quién sostiene la puerta ahora? ¿Quién hace sitio junto al fuego?
Quizá el ancla nunca tuvo que ser una sola persona. Quizá sea aquello en lo que se convierte un vínculo cuando todos le dan un trozo de sí mismos, algo que solo puede existir entre las personas que lo sostienen, y solo mientras sigan eligiéndolo. Los tipos son, obviamente, una abstracción, una forma de nombrar dinámicas, y la mayoría llevamos más de uno dentro, aunque vamos por el mundo con un patrón predominante. Pero elegir si cambiamos, y cuándo, es cómo demostramos que nos importa. El Filósofo que cierra el cuaderno y se da cuenta de que alguien se ha quedado callado, El Arquitecto que deja que el plan se desmorone y se queda igualmente, El Espectro que, por una vez, se compromete, El Catalizador que frena lo justo para preguntar adónde quiere ir de verdad todo el mundo: cada uno cediendo un poco de su papel para que, entre todos, exista por fin lo que siempre faltó. Lo que surge, intangible pero inconfundiblemente presente en la habitación, es una nueva clase de protagonista: un mosaico, ninguno de ellos y todos ellos a la vez, y una que por fin puede llevar el papel principal. Esa es la historia que espero que Dunham arda en deseos de contar, pero, sea como sea, yo la veré, probablemente con mi grupo de amigos más problemático.
La Q · Madrid
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