La QReportajes · 9 oct 2026EN

La Q · Reportajes · Previa: Sound of Fashion

Vístete para el trabajo que no tienes

Sound of Fashion trae Strictly Business a Berlin Club el jueves: electroclash, un showroom de moda y un dress code sacado de la oficina. Tenemos entradas, una corbata prestada y muchas preguntas.

Por Aaron Calloway · 9 oct 2026 · 6 min de lectura

El flyer de Strictly Business: una corbata negra de puntitos sobre una camisa blanca
Flyer: Sound of Fashion

Es jueves, que en Madrid significa nada y todo a la vez. Mañana es día de trabajo para quien tiene trabajo, y esta noche, a unas calles de Callao, en una calle en cuesta que se llama Costanilla de los Ángeles, la cuestecita de los ángeles, que o es una broma o es una advertencia, una sala llena de gente se va a poner traje para bailar hasta las cinco y media de la mañana.

El flyer es una camisa blanca y una corbata negra de puntitos blancos, tan grande que llena el encuadre, y una corbata, si lo piensas, no es más que un collar que fue a una escuela de negocios. La fiesta se llama Sound of Fashion. Viaja: Madrid, Glasgow, Manchester, Londres, cuatro ciudades en diez días, cargando con el mismo tema como quien lleva un maletín, Strictly Business, se recomienda ropa de oficina, y las entradas para miembros volaron las primeras. Se describen en tres frases cortas: Not a club. Not a gig. It's a Scene. Su bio dice For Main Characters Only, que es de esas frases que o te hacen poner los ojos en blanco o te tatúas en el tobillo, y sospechamos que casi toda la sala hará las dos cosas.

Así que, como no hay manera de quitarme una vieja manía pretenciosa, necesitaba saberlo. ¿Por qué la corbata? ¿Por qué todo esto?

Empecemos por la música, porque casi todo lo que sale en ese flyer (electroclash, bloghouse, indie sleaze) es el sonido de los 2000, de los blogs y el flash y el fotógrafo de fiestas que te hacía famoso una noche y se olvidaba de ti a la siguiente, la banda sonora de una década que acabó en un crash financiero. Casi todos los que lo bailarán el jueves eran críos cuando la crisis llegó a España, y crecieron en lo que dejó atrás: prácticas que se pagan en experiencia, contratos de seis meses, alquileres que suben mientras el trabajo se queda exactamente donde estaba, el piso compartido a los treinta. Muchos nunca han tenido un traje para trabajar, y se lo van a poner igual, luciendo una reliquia de una época en la que las cosas parecían más posibles.

Lo que quiere decir que el traje siempre fue un disfraz, y los primeros en entenderlo fueron quienes nunca estaban destinados a llevarlo. En los ballrooms del Nueva York de los ochenta había una categoría llamada Executive Realness: chavales a los que habían cerrado la puerta de todas las oficinas de Manhattan desfilaban con raya diplomática y maletín, y el jurado los puntuaba según si podían pasar por los hombres que jamás los habrían contratado, por lo bien que podías llevar puesto un mundo que te había dejado fuera, tan bien que a nadie en la puerta se le ocurriera comprobarlo. El drag más antiguo que existe, te lo dirá cualquier reina, es un traje gris.

Así que lee Strictly Business como una sátira, porque lo es, aunque bordeando la autoconciencia para, quizá a propósito, esquivar la ligereza del camp. No, aquí todo va muy en serio. Una generación a la que dejaron fuera de la oficina, vistiéndose de oficina para tomar una discoteca en school night. Léelo como añoranza si lo prefieres, o como nada, un tema, una excusa para comprarse un blazer en el Rastro, una excusa para entregarse a la decadencia corporativa como si fuera la fruta prohibida. Me apuesto algo a que la mitad de los trajes de esa sala saldrán de tiendas vintage o del armario de un abuelo, lo que significa que unos cuantos vamos a bailar con la ropa de hombres que están muertos, como ahora estamos más seguros que nunca de que algún día lo estaremos, y probablemente antes de lo que pensábamos.

¿Y el reparto? El chico que aprendió a hacerse el nudo de la corbata con un vídeo a las once de esa misma noche y se lo contará a todo el mundo, al lado de la chica con el traje sastre de su madre de 1991, hombreras intactas e invictas. Una pareja con alguna lectura posmoderna de todo esto, anticapitalistas de Brooklyn con fondo fiduciario. Al menos una persona con traje de tres piezas que insiste, toda la noche, en que siempre ha vestido así.

Hay más en la letra pequeña. Sound of Fashion tiene un chat de grupo privado al que llama el inner circle, quinientos y pico «visionarios» con descuentos y oportunidades creativas, y junto a los DJs (LVL1, Adora, Diva Sensible en directo, Koji) hay un segundo cartel de arte y moda: Servants of Ego, Lof Letters, Virus Love, Blessed Eye Studio y Mana, pintando en directo mientras la sala se mueve alrededor del lienzo. Una fiesta que trae su propio showroom y su propia congregación está haciendo algo mucho más antiguo que una fiesta, y todas las culturas han tenido su versión: la ropa que te pones solo para esto, las letras coreadas, la oración sagrada que rezamos con el corazón, solo entre la hora en que tiene que acabar y la hora en que empieza, puntual.

Ya no decimos ritual en voz alta; suena a iglesia, o peor, a conservadurismo canonizado. Pero mira la cola a la puerta de un club a la una de la mañana y dime si no es una procesión, mira a alguien arreglarle el cuello de la camisa a alguien de su grupo en el espejo del baño, todo ternura y devoción. Mira el momento, normalmente hacia las cuatro, en que una sala deja de actuar para el Big Business y empieza a bailar para sí misma, la happy hour profana, en la que nos lo jugaríamos todo encantados si con eso pudiéramos vivir una vida de verdad. Esa es la parte a la que voy. Creo que es a lo que va todo el mundo, aunque suela quedarse debajo de la lengua, hecha una bola como un dolor de muelas, hasta que el 808 nos da una patada en el cuello y nos implora que soltemos los secretos por los que vivimos y morimos.

Tengo una teoría sobre las 3 de la mañana de un jueves. Para entonces el electroclash le habrá hecho a la sala exactamente aquello para lo que se hizo, las corbatas flojas, luego fuera, luego anudadas en la frente, alguien explicándole a un desconocido una teoría de la conspiración consumista, fatal y precioso, alguien con una raya diplomática heredada llorando, pero del bueno, toda la ciudad dormida menos nosotros y los búhos y los de la limpieza baldeando la Gran Vía, y durante dos horas el negocio será estrictamente nuestro.

Holly Golightly entendió el principio mucho antes que nosotros: el outfit es una promesa que le haces a la persona que pretendes ser a medianoche, y en una sala como esta la promesa se cumple, al menos hasta las 5:30, cuando las luces se encienden de golpe, que es lo más cruel y lo más honesto que puede hacer un club, y la gente sale a la Costanilla con sus trajes de muertos, unos a casa y otros directos al trabajo, y los ángeles de la placa de la calle no habrán hecho nada por el alquiler.

Quizá sea ingenuo ir a una fiesta satírica a buscar una especie de cierre generacional, armados con la nostalgia como amenaza. Pero vamos igual, porque la contradicción es donde suele asomar algo puro, como quién lo llevó mejor y a quién se lo llevó todo por delante. Ya os contaremos.

La Q · Madrid

El ARQUE · jue 15 octEntradas para Strictly Business, jueves 15 de octubre →

El ARQUEjue 15 oct

Sound of Fashion: Strictly Business

Dónde
Berlin Club · Costanilla de los Ángeles 20, Madrid
Cuándo
Jueves 15 de octubre, de 00:30 a 05:30 (la noche del jueves al viernes)
Dress code
Ropa de oficina, por favor
Entradas
16,50 € con consumición
Música
LVL1 · Adora · Diva Sensible (en directo) · Koji
Arte y moda
Servants of Ego · Mana (pintura en directo) · Lof Letters · Virus Love · Blessed Eye Studio

Hecho a medida para

Tendrás a todo el grupo de traje para el miércoles, y la pista en marcha antes que el DJ.

En grupo: Si vais un Catalizador y un Arquitecto: uno consigue que todos vayan de traje, el otro que lleguéis a la Costanilla a las 00:30 en día de cole. ¿Cuál es tu tipo? →

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