La QReportajes · 23 oct 2026EN

La Q · Reportajes · Crítica: La bola negra

¿Qué hay en un nombre?

Los Javis ganaron en Cannes con la obra inacabada de Lorca. Leemos La bola negra a través de sus silencios, y de un nombre que cuesta decir en voz alta.

Por Sergio Mira · 23 oct 2026 · 9 min de lectura

El póster de La bola negra: una figura vestida de rosa en pie sobre una estatua caída, entre los escombros de una iglesia
Póster: Movistar Plus+

Pawel Pawlikowski, cineasta de referencia del siglo XXI, agita los brazos molesto desde el centro del escenario. Acaba de ganar su segundo premio en el festival de Cannes y nadie le está haciendo ni puto caso. No le entregan el premio, no le dejan hablar, y el responsable de dar el galardón (Xavier Dolan) le ha dejado solo para acompañar al atril a dos maricas de Madrid y Murcia que casi nadie de los ahí presentes conoce. Son Javier Calvo y Javier Ambrossi, la expareja del cine español más popular del momento, pero que hasta ahora no han tenido fama más allá de los Pirineos.

En principio la imagen puede parecer extraña: una leyenda del cine europeo teniendo que compartir premio con el jurado de Drag Race España. Pero los Javis, de forma inesperada, han arrasado el festival de Cannes con la presentación de La bola negra, y se han alzado con el premio a la Mejor Dirección, una hazaña que solo habían logrado en nuestro país Pedro Almodóvar y Luis Buñuel.

La noticia vuela en redes. A todos los que seguimos la carrera de los Javis desde Paquita Salas (2016), webserie de comedia sobre una representante de actrices venida a menos, hace una década, nos ha pillado por sorpresa. Aquellos guionistas que saltaron a la fama por líneas de diálogo como «¡mi madre está muerta y el coño de Belinda Washington en Sálvame!» han evolucionado su arte con el paso de los años a un cine más serio y formal, pero sin perder su barroquismo ni su don para la iconicidad. Antes de que se pudiera ver la película, recibieron muchas críticas, principalmente, desde la casta intelectualista. Que si están sobrevalorados, que si es un producto para los ojos de Hollywood, que si son publicistas más que artistas…

Ahora que todo el mundo ha podido ver La bola negra, la película más taquillera del año y la favorita para hacerse con el Oscar a Mejor Película Internacional, las críticas han desaparecido o, como mínimo, menguado. Este éxito de público y crítica cuenta cómo se cruzan las vidas de tres jóvenes homosexuales en distintas líneas temporales a raíz de la obra de teatro inacabada La bola negra, de Federico García Lorca.

Carlos González da vida a Alberto, la línea del año 2017, con un excelente trabajo para un personaje que no es tan agradecido. La calidad de González es incuestionable, pero, a pesar de ser el protagonista, no tiene la oportunidad de lucirse en una escena emotiva donde derrochar toda la pasión que su personaje trata de esconder.

Milo Quifes, sin embargo, sí cuenta con un par de ese tipo de escenas, como el bailar por seguiriyas en el bar o el deambular por la nieve. El actor andaluz salta de TikTok a la gran pantalla para dotar de carisma y dulzura a Carlos, un joven de 20 años en 1932 que quiere convertirse en socio del casino.

Y, por último, Sebastián en 1937, interpretado por el cantante Guitarricadelafuente. Aunque su nombre real es Álvaro Lafuente, decidió aparecer con su nombre artístico en los créditos. Decisión cuestionable pero razonable, ya que ha cosechado un gran éxito con su disco Spanish Leather (2025). Estira así su momento de gloria al ser la estrella de la película del año y sonar como uno de los favoritos para levantar el Oscar.

La seguridad del silencio

Sebastián apunta con el fusil al prisionero republicano que, calmado, acercándose a él sin miedo, le pregunta su nombre. Sebastián no lo dice. «Aquí el nombre es muy importante». Sebastián sí tiembla, aun siendo él quien va armado, y siendo su enemigo un hombre malherido. No es por la importancia de su nombre ahí dentro, de un soldado raso sin carácter, por lo que se niega a decir quién es durante toda la película. El nombre es el primer paso a la intimidad, el reconocimiento propio y la presentación frente a los demás. Y la voluntad de Sebastián es permanecer invisible.

La bola negra es una película que se despliega a través de los silencios (ya sean impuestos o decididos) de sus protagonistas. Carlos carga con el dilema de si decir la verdad o mentir frente al tribunal del casino respecto a su homosexualidad. Su padre, cuando se entera de que fue rechazado, le avisa de que por dentro sea como quiera, pero que de puertas para fuera debe «ser un hombre». Alberto es un historiador y dramaturgo que dejó de escribir teatro para hablar exclusivamente consigo mismo, siempre y cuando no sea sobre él. No solo se ha negado a hablar con el público para el que años atrás escribía, también ha cortado la conversación con los amigos que ya no ve, con su novio que le busca y con su madre adicta que le esquiva.

Y Sebastián, el soldado que se niega a dar su nombre a un indefenso enemigo de batalla, ha hecho del silencio su manual de supervivencia. Fue reclutado por el bando franquista mientras huía del bombardeo contra su pueblo, y ahora está obligado a cumplir las órdenes impuestas por el oficial al mando, Pascual (Albert Pla), un hombre desnutrido que da escalofríos sin necesidad de abrir la boca. Sebastián pasa los días en el hospital de guerra desorientado, obedeciendo las únicas órdenes que un capitán le confiaría a un twink de pestañas largas que apenas sabe leer. No conoce nada de la guerra, de si algún día acabará, ni de qué será de él mientras dure y cuando acabe. Esa inquietud solo puede ser resuelta mediante la quietud. Asentir, obedecer y callar.

Algo fácil de cumplir hasta que se te presenta un tío semidesnudo, de ojos azules, con la mandíbula esculpida en la Antigua Grecia y las tetas en el VivaGym. Es Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), teniente republicano que fue capturado por los fascistas, y lo mantienen con vida para sonsacarle información sobre estrategia militar. Rafael pasa postrado en una cama más pequeña que su cuerpo los que serán sus últimos días. Su única defensa es el silencio; su única pertenencia, el poema que le escribió su amado, ya asesinado; y su única compañía, una monja compasiva pero agotada porque solo ha podido comer una manzana y Sebastián, el soldado encargado de custodiarlo.

La Cruz y el faro

La película da un giro de 180º con la aparición de Penélope Cruz y su Nené Romero, una cupletista famosa que actúa para las tropas militares. Solo necesita 20 minutos para robarse la película. Desprende tanto magnetismo, energía y desparpajo que cambia la película, tanto en ritmo como en narrativa, con tres escenas que ya se han convertido en historia de su carrera y del cine español.

En una de estas escenas, en el intermedio entre actuación y actuación, mantiene una conversación entre bambalinas con Sebastián. Sebastián, fascinado ante lo que acaba de ver, se interesa por la canción que ha interpretado Nené: es el cuplé «Las tardes del Ritz», de su amigo Edmond de Bries, artista transformista que imita a las divas españolas por los teatros de Madrid.

Y Sebastián cortocircuita.

Un nuevo mundo se ha abierto ante los ojos de este veinteañero que soñaba con tocar la trompeta sobre un escenario, a oscuras, viendo a todos los espectadores pero sin que puedan verle a él. Hasta ese momento, los únicos lugares que ha conocido son su pueblo natal, al que no puede volver porque ha sido arrasado por la guerra, y el hospital militar, el último sitio donde le gustaría estar. Pero ahora existe Madrid, y con ella, «la fantasía de la posibilidad».

Tras la actuación de las cupletistas, el pelotón disfruta de una noche de playa con fuegos artificiales, carreras por la arena y un cadáver con el que juegan como si fuese una pelota Nivea. Es una de las secuencias más bellas de la película en el plano estético, y de las más macabras en el argumental. Un grupo de fascistas mostrando su crueldad desde la diversión, rodeados de la lírica del ambiente, y frente a un Sebastián ausente que permanece fuera del grupo. Su cuerpo está en la playa pero su cabeza sigue en la conversación sobre el travestismo. Porque Nené Romero, como faro de la esperanza, ha desaparecido de la pantalla, pero permanece en la mente de Sebastián y, como si se hubiera transmitido por ósmosis, en la de todos los personajes de la cinta.

Cada personaje cambia en su relación con el silencio: Carlos tiene una nueva oportunidad para decidir si le hace caso a su padre, y miente ante el jurado del casino, o a sus amigos, que le aceptan tal y como es. Alberto descubre que tenía en su abuelo a su mayor fan y qué es lo que le dejó en herencia. Algo que le hace obsesionarse de nuevo por la historia. Su historia, en este caso. Volver a él mismo. Y Rafael confía en Sebastián, su última esperanza, para la misión: salvaguardar la obra de teatro escrita por Federico García Lorca, la primera del poeta que trataba abiertamente la homosexualidad.

La nieve en calma

La ruptura de ese silencio es la manera que tienen los protagonistas de reconocer como propias sus identidades. Este es un concepto, el de la identidad, presente en toda la filmografía de los Javis. Desde La llamada, con dos adolescentes rebelándose contra el orden establecido por las monjas; en Paquita Salas, una mánager de actrices pasada de moda constantemente obligada a renovarse o morir; Veneno, sobre la identidad de mujeres trans; y La mesías, con la búsqueda de la identidad individual de los hermanos mayores cuando han huido de su familia, las únicas personas que han conocido.

Los Javis siempre han hablado sobre cómo el individuo se conoce y construye a sí mismo, dentro del grupo y contra el grupo. En La bola negra lo relacionan directamente con la metáfora lorquiana acerca de la nieve, como símbolo de la muerte. En la película, la nieve es el limbo donde van a parar los muertos que no han encontrado su identidad en vida, aquellos que no han podido vivir libremente y que ahora solo pueden deambular por la nieve hasta que la congelación mitigue su dolor. Estás muerto, pero por fin podrás disfrutar de la paz que no tuviste en vida. O al revés, por fin podrás disfrutar de la paz que no tuviste en vida, pero estás muerto.

En esta tragedia reconfortante cae Carlos cuando, en el centro de la sala del jurado del casino, le vence la presión y niega ser homosexual. Justo después, una bomba cae sobre el techo y, al despertar, Carlos ya solo ve nieve. Camina por ella mientras suena la canción oficial de la película (cantada por Guitarricadelafuente), en la que se escucha «arden las turbias palabras que nunca aprendí». Es la experiencia de Carlos, las turbias palabras que no tuvo el valor de pronunciar, un silencio que arde tanto que solo la nieve lo puede extinguir.

Suerte distinta tuvo Sebastián, quien sí logró vencer su miedo. La noche anterior al fusilamiento de Rafael, que tendrá que ejecutar el propio Sebastián, los dos se ven a escondidas en una habitación completamente a oscuras. La única luz ilumina el rostro de Rafael, y Sebastián, al verle, corre hacia él entre sollozos. Apoya su cabeza contra el pecho de su amado, dejando caer las lágrimas, y revela su nombre. «Me llamo Sebastián, me llamo Sebastián, me llamo Sebastián».

La Q · Madrid

La película2026

Dirección
Javier Calvo y Javier Ambrossi
Reparto
Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Lola Dueñas, Penélope Cruz y Glenn Close
Basada en
«La bola negra», la obra inacabada de Federico García Lorca
En cines
Desde el 25 de septiembre
Premio
Mejor Dirección, Festival de Cannes 2026

ARQUE typeHaz el test →

PelículaEl Vigía

El Vigía ve lo que nadie dice: el subtexto, lo que alguien casi dijo. Es una película contada a través de los silencios de sus tres protagonistas, y de lo que cuesta romperlos.

La lectura

Y luego está Nené Romero, Catalizador puro: veinte minutos en pantalla y la película cambia de ritmo, y de rumbo.

Para verla con: tu Hogar: la persona con la que puedes salir del cine en silencio y luego quedarte dos horas hablando en el bar.

Dato curioso

Rafael Rodríguez Rapún existió: fue el secretario de La Barraca, la compañía de teatro de Lorca, y su último amor. Murió en el frente en 1937, un año después que el poeta.

Más en La Q

¿Quieres escribir para La Q? Cuéntanos tu idea.